18 August, 2023

STREET ARTIST

Marco Aviña, pintor de barrio en las grandes ligas el arte contemporáneo mexicano

LOS ARTISTAS SON REBELDES

VIVE EL REGRESO A CLASES CON ESTILO

Hay algo que avisa cuando se entra al estudio de un artista. Los olores, desde luego, ese químico agradable de la pintura que es como incienso puesto en el altar de las musas. Hay algo de santidad.

En el estudio de Marco Aviña está presente esa aura, a pesar de que Aviña no es nada solemne ni se las da de sagrado. “Soy un humilde pintor de barrio”, dice al presentarse. Su ropa de trabajo, jeans llenos de manchas y, curioso, una camisa formal también llena de pintura. “Hasta para algo tan vulgar como trabajar hay que tener clase”, me dice. Reímos.

Marco es ya un artista plástico hecho, un pintor con formación académica, pero comenzó en el arte callejero. De chico secundariano, se salía a pintar grafitis con algunos amigos más avanzados y maleados en la calle. Un día su padre lo agarró in fraganti y se lo llevó a jalones a la casa. Al otro día le dijo. “A ver, ¿de verdad quieres pintar? Pues pinta de verdad”. Y le regaló uno de esos paquetes de óleo que parecen de juguete de Mi alegría (“Mi primera pintura”): cuatro tubitos, un lienzo. Nada, sólo un kit de emergencia para furores creativos pubertos. Ahí comenzó todo.

Por ahí todavía puede verse el tag de Aviña: *LL (se lee “All”) y de esa época, conserva una obsesión por las estrellas como forma geométrica y dificultad técnica. “El grafiti me enseñó a tener la mano suelta”, explica, “pero ese equipito de óleo me metió al arte”. Las tías le pedían pinturitas: naturalezas muertas, paisajes, marinas.

Resultó que Marco salió bueno para el dibujo de imitación y se hizo de una clientela que después no fue solo de señoras, también de amigos de su edad que le pedían un Gokú o un Bart Simpson. Pintor por encargo desde el inicio. 

A Marco no le llamaba la atención la escuela. En la prepa seguía teniendo la cosa por el grafiti y con sus cuadros había demostrado que podía ganar dinero pintando. La prepa, ¿para qué? Se debatía entre hacer lo que sus papás querían y lo que él decidía, y entonces el cielo se abrió: se enteró de que existen escuelas superiores para hacerse pintor profesional: la Academia de San Carlos (de la UNAM) y la escuela La Esmeralda (del INBA). Zaz, a no dejar la prepa porque la escuela ya tiene sentido.

“Pinto cuando paso por situaciones fuertes, así agarro el arte, por lo fuerte, por lo definitorio. Yo sí creo en esto de que los artistas son rebeldes”.

Puede sonar sentimentaloide, pero en Marco es sincero. “Dejar de estar en el mame me hace artista, dejé toda la onda del desmadre para meterme a estudiar. Mi rebeldía fue esa, chambearle cuando toda la bandita andaba de desmadre en desmadre”.

Marco conoce el arte urbano del Chilango de punta a punta. Por ejemplo, trabajó/promovió/se peleó con el legendario grafitero Zombra, y hasta tuvo desencuentros creativos (“de lenguaje”, dice Marco) con varias figuras importantes de la escena urbana.

El paso de la calle a las galerías fue una aventura de varias etapas: de alumno maltratado por un profesor del taller de artes plásticas de la prepa (“ese cuate era un depravado”), a llegar a talleres oscuros en los que se falsificaban obra de grandes maestros como Dr. Atl, Remedios Varo o Francisco Zúñiga. “Era un desmadre bien loco. Pintábamos de noche cuando habíamos ya hecho de todo. Yo pintaba con una Bonafina con Tonayan a la mano”. De ahí se llevó otra lección. “El arte es un producto y tiene que venderse, de eso se puede vivir”. Se acordó de su época de pintor adolescente por encargo. El camino ahí estaba, solo faltaba dirección.

Gracias a su educación formal en la academia, Marco comenzó a trabajar en curaduría (es decir, en la conceptualización de exposiciones y colecciones) y con compañeros con ideas disruptivas, fundó la mítica Ladrón Galería: una galería en la que todo mundo se peleó, pero que llevó el arte urbano a las galerías de arte contemporáneo, desde, sí, el graffiti, pero también el hip hop, la cultura sonidera, el tatuaje y la intervención del espacio público desde la resistencia cotidiana.

Ya Marco se siente cómodo en el circuito del arte contemporáneo que se expone en galerías: el tránsito de la calle a la colección se ha completado.

En estos días está presentando la exposición Seis, seis, seis en la galería House of Gaga (Ámsterdam 123-B, Condesa, Ciudad de México). La exposición se compone de cinco piezas en gran formato en lienzo con varias técnicas: óleo, aerosol, crayola, acrílico, aplique.

Agrede el lienzo, le planta cara, lo canibaliza. Algunas de las telas aparecen pulcramente alineadas con el bastidor y el marco. Otras están engrapadas con violencia y aparente descuido.

Seis, seis, seis, dice Luis Felipe Fabre en la hoja de sala de la muestra, es “una referencia clara al Apocalipsis de san Juan, pero también un guiño al rock ‘n’ roll”. Para Fabre, en la obra de Marco Aviña se puede ver el ascenso de lo bello y demoníaco al banquete de los dioses. 

Y sí. Una de las obsesiones de Aviña es Jim Morrison, el Rey Lagarto, su influencia áurea, patronal, presente en el recorrido. ”Jim Morrisson es el Otro, por eso es un lagarto, un demonio”, explica el pintor. “El Otro es un Lucifer, un caído, el mito de Prometeo que fue castigado por los dioses por su rebeldía. El Otro puede retratarse, porque la divinidad no puede capturar su pena de sacrilegio. Al Otro le vale madre dios, el irrepresentable, por eso se le pone en la cara y lo garabatea. Eso es el Otro, lo podemos ver en diferentes culturas, desde el siglo I, el IV, desde Occidente, el Bajo Renacimiento. Desde Lucifer, que desafía a Yahvé, hasta Freeza que mata a Gokú”.

El Otro son los pensamientos contra: contracultura, contra corriente, contrarrevolución. 

Aviña no es ningún aventado (aunque sí es un aventurero) que pinta sin pensar. Aunque en su obra sí hay guiños a la bomba grafitera (esos grafitis rápidos que se hacen con prisa en la madrugada huyendo de las patrullas) o las pisadas, y hay dejos obscenos de incompletud en las obras de Seis, seis, seis, hay también un fondo significativo en cada decisión en cada una de las piezas.

En ellas están presentes referencias a la vida de la generación del pintor (nacido en 1988): está Carlos Salinas de Gortari como un gran monstruo totémico, también el mosquito en ámbar que da origen al mito de Jurassic Park.

Hay referencias Dragon Ball (un par de Freezas, archienemigo de Gokú, uno de los principales villanos de la saga, sostienen el mundo en “Estrella de la mañana” una de las piezas más llamativas del recorrido) y el color rosa es el acento principal: un encuentro entre la pulcritud blanca y el arrebato del rojo, un espacio imaginario en el que se encuentran las divinidades y la animalidad.

Seis, seis, seis estará disponible hasta el 19 de agosto, pero para seguir la obra de Marco Aviña, la mejor manera es agregarlo en Instagram: @muera_la_intelectualidad_ 

 

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